A Joaquín Vidal,
en su abono del tendido bajo del 10,
fila 6, asiento 17, en Las Ventas, 1999
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Antes la Corrida Extraordinaria de Beneficencia se celebraba un jueves, como el Corpus. Ahora ambos se celebran en domingo. Antes la Corrida Extraordinaria de Beneficencia la presidía un Rey. Ahora la preside el funcionario García-etcétera. Antes en la Corrida Extraordinaria de Beneficencia se anunciaban los triunfadores de la Feria, ahora el cartel está hecho desde antes de que empiece la Feria. Son pequeñas diferencias entre lo de antaño y lo de hogaño que, por más vueltas que le damos, no acaban de gustar mucho, verdaderamente. En lo que nunca ha cambiado la Corrida Extraordinaria de Beneficencia es en la asistencia a ella de un público especialmente fiestero y con ganas de diversión, aumentada por la cantidad de entradas que se regalan.
Para la Beneficencia de 2026 contrataron a Alejandro Talavante, apoderado por el empresario de la plaza de Las Ventas; a Roca Rey, apoderado por el hijo del antiguo empresario de la Plaza de Las Ventas, y a Víctor Hernández, apoderado por el anterior Gerente de la Plaza de Las Ventas, con lo que, más o menos, todo queda en casa.
Para la cosa del ganado decidieron quienes lo decidieran que se iban a traer un encierro de la ganadería de Victoriano del Río, que ya sabemos todos que es propiedad de la sociedad limitada Medianillos Ganadera, y que es ganadería muy apropiada para el triunfo de los toreros: nos recuerda la señora o señorita doña Patricia Navarro, en un folleto que entregan a la entrada junto con el programa, que los toros Medianillos han propiciado hasta la fecha 20 puertas grandes en Madrid. Por centrar un poco el asunto diremos que hasta el día de la fecha no ha habido un solo torero que haya abierto la Puerta Grande de Madrid con los toros de José Escolar. Algo tendrán los unos y los otros que les hace diferentes. Por ejemplo, con los de Escolar estamos atentos a ver si alguno abre la boca durante las fases de su lidia y lo normal es que dicha apertura no se produzca y, sin embargo, los toros de Victoriano del Río, que no tienen empacho en mostrar sus lenguas jadeantes, en cambio se caen constantemente, tal y como hoy pasó, que los seis anduvieron cayéndose en mayor o menor medida durante las diversas fases de sus vidas públicas. A algunos nos gustan más los de Escolar, porque rechazamos por completo al toro que da pena, pero no cabe duda que muchos coletudos y muchos públicos prefieren la sumisa docilidad, en la que ellos mismos se ven retratados, a la imprevisible casta. Hubo dos toros hoy, el cuarto, Empanado, número 11, y el sexto, Gorrión, número 99, que entraron con vigor al caballo, metieron los riñones y empujaron con fe, haciendo peligrar la estabilidad de José Manuel Quinta y de Israel de Pedro: alguna traza de casta, que no han podido borrar de su podrido ADN, les llevó a hacer el esfuerzo de tratar de derribar a esos pencos forrados de faldillas dejándose prácticamente la vida en el esfuerzo, puesto que sus energías se resintieron significativamente tras su paso por el negociado de Equigarce, pero ese momento no lo vieron los ganaderos, que habían huido de su burladero para ponerse a salvo del chaparrón.
El chaparrón marcó por completo el desarrollo de la tarde. En ese sentido puede decirse que asistimos a dos corridas diferentes: la de los tres primeros, con calor y sequedad, y la de los tres últimos, que se dio con las normas de una naumaquia, más que con las de la tauromaquia de Montes.
El primero de la tarde ya marcó un poco la tendencia caediza del ganado. El señor González-etcétera lo mantuvo en el ruedo, acaso influido por las sabias admoniciones del veterinario don Juan Pedro de Miguel Rodríguez, y por allí anduvo el bicho yendo de acá para allá tras la muleta de Talavante que hizo más o menos lo mismo que cuando las dos orejas pero sin tirar el espadín, que hoy no tocaba mostrar su «toreo lleno de matices» en palabras del crítico Nogales en el folleto de marras. En esta ocasión sus matices fueron, como otras veces, su falta de colocación y de remate de los muletazos y su ausencia de un mínimo compromiso, prefiriendo la ventaja a la verdad, tal y como viene haciendo desde su reaparición. Para más INRI el toro no era de los repetidores y como se le quedaba parado tras cada pase, dejaba bastante en evidencia las faltas de lesa tauromaquia que cometía el «triunfador» de la pasada Feria de San Isidro. Con la neojerga taurina en la mano podríamos decir que el toro adolecía de «falta de apoyo en las manos» y que eso condicionaba el desarrollo de su colaboración para el triunfo de Talavante que, cuando vio que aquello no acababa de arrancar le pegó un sartenazo infame con el que tuvo ocupados a los areneros en tapar los restos de la agonía de Comunero, número 125 durante un buen rato.
El segundo de la parte seca de la corrida fue Curioso, número 148. A este le podríamos achacar su «falta de entrega», que esto de la neolengua es una mina, a medida que los pases de Roca se iban desarrollando. Comenzó el hombre su labor de rodillas con pases cambiados que entusiasmaron al público y luego fue desarrollando una faena a menos del que, según la periodista Rosario Pérez, de nuevo en el folleto, se dedica a «escribir páginas en la historia (sic)» Esta vez las páginas las escribió con la tinta esa de James Bond, que no se ve lo que se ha escrito, porque aquello no llegó a ningún puerto, y aquí volvamos a desvelar el hecho de que el animal no estaba por repetir, lo mismo que el anterior, con lo que la truculenta propuesta del peruano se quedaba corita y sin andamiaje, porque ese toreo se sustenta en la condición repetidora del toro y si eso falla, el castillo de naipes se derrumba.
«La figura seca» según las palabras del revistero Bienvenida en el folleto es la de Víctor Hernández, que sorteó primeramente a Empanado, número 103, que es el primero de los de Victoriano del Río que se comportó como debía, es decir siendo obediente y repetidor. Brindó al Gerente de Las Ventas, imaginamos que por haberle metido en este cartel, y comenzó su labor a base de pases del Celeste Imperio hasta que en uno el toro le hizo un extraño y lo descompuso. Luego, al natural, que es lo suyo, sin dar el paso adelante, rodeando al toro, no consigue poner a rugir a Madrid. El toro tiene unas óptimas condiciones pero el torero decide no comprometerse, aplicando las normas de la neotauromaquia y dejando pasar otra nueva ocasión de hacerse notar con fuerza. Las gentes le vitorean, porque el público es fiestero y jubiloso, pero los argumentos de Hernández no son de peso. Acaba con la peste de las bernardas y tampoco está lo que se dice bien con la espada, y eso que la suerte suprema se le suele dar bien; y así, entre que si se muere el toro y que si Diego Valladar se lo levanta de entre los muertos, se va pasando el tiempo y cuando arrastran al bicho ni siquiera la hacen salir a saludar al tercio.
A partir de ahí comienza a llover, como si se abrieran los cielos, y se produce una desbandada general entre el público, quedando unos pocos y contumaces espectadores en los tendidos y con las gradas y andanadas llenas. Todos tenemos presentes grandes faenas que se han realizado bajo un diluvio (Curro Vázquez, Ureña, Antoñete, José Luis Moreno…), pero hoy no se ha dado esa circunstancia. Con el ruedo como una piscina los tres matadores han dado fin del toro que les correspondía a cada uno de la manera que les ha parecido idónea sin que haya apenas nada más que reseñar que el segundo toro de Víctor Hernández fue, de nuevo, apropiado para las intenciones del torero, pero con aquel barrizal tampoco era cosa de pedir peras al olmo. No acaba de dejar muy buena puntuación Hernández, al que más parece que le están robando el alma y que cada vez se aleja más de aquel Víctor Hernández que nos fascinó con su verdad el año pasado.
A beneficio de inventario
ANDREW MOORE
Guernica
Victoria de Samotracia
FIN