Norman Schwarzkopf
A la atención del Señor Director del Blog «Salmonetes ya no nos quedan».
Sigo siendo un fiel lector del excelente blog de su digna dirección. Yo no sé si tendrá algún interés añadir que, en su momento, tuvo Usted la gentileza y la generosidad de acoger en sus columnas algunas insustanciales elucubraciones emanadas de mi indigente cálamo.
Tengo el sentimiento, ojalá erróneo, de que muestra Usted cierta recurrente predilección por las declaraciones de un militar americano de gutural y escasamente lírico apellido, el general Schwarzkopf. Cito: «Ir a la guerra sin Francia es como salir a cazar ciervos sin tu acordeón». En anteriores lecturas, lo único que supiera retener mi atención, de manera, todo sea dicho, muy evanescente, era la obtusa formulación, ortopédica y espesa, de tan babosa ocurrencia comparativa. Aquello venía a reforzar sistemáticamente mi vieja y angustiosa convicción de que la nación todavía más poderosa del globo nunca dejaría de ser, básica y ontológicamente, torpe y analfabeta. Dicho esto con plena conciencia de lo que, sorprendentemente, pudiera haberle aportado, en su momento, a la obra magna del admiradísimo Alexis de Tocqueville.
Soy incapaz de explicarle por qué, en la concreta ocasión que me trae aquí, decidí que la nueva aparición de la patética gracieta, dicho sea en román paladino, ya me estaba tocando las pelotas. Reacción lamentablemente hormonal, lo confieso, pero que me sugirió la necesidad de una pequeña puntualización histórica.
En un momento crucial en qué la siniestra carnicería se encontraba en una situación de empate técnico, no cabe duda de que fue la intervención americana, a partir de 1917, la que terminaría decidiendo el resultado de la Primera Guerra Mundial. Pero los soldados americanos que desembarcaron en Francia llegaron con menos de lo puesto, «con su acordeón» hubiera dicho, sin duda, nuestro casposo vate galoneado. La instrucción de los reclutas era inexistente y, durante los primeros meses, cayeron como moscas, como hojas secas, antes de alcanzar una mínima experiencia de combate y de supervivencia. Por otra parte, todo el equipo pesado, cañones, carros de combate, etc. se lo tuvo que proporcionar… Francia. No hará falta que usted me recuerde que los tiempos han cambiado.
Durante la llamada Batalla de Francia, entre el 10 de mayo y el 25 de junio de 1940, en apenas mes y medio, murieron unos 60 000 soldados franceses, porcentaje de bajas equivalente a los peores momentos de la Gran Guerra anterior. No entraré ahora en la vieja y cansina discusión sobre las causas y explicaciones del desmoronamiento francés, pero parece dudoso que tantas y trágicas bajas pudiesen ser el resultado de la vergonzosa bajada de pantalones de un ejército blancote.
No sé si podrá interesarle, Sr Director, una rápida comparación con las bajas inglesas, durante el mismo período, que fueron de 4206. No solamente los ingleses apenas combatieron, sino que fue el sacrificio literal de unas cuantas unidades francesas el que permitió que pudiera reembarcar en Dunkerque, «avec armes et bagages», la casi totalidad del ejército de Su Graciosa Majestad. Lo cual permitiría, decenios más tarde, la pregonada producción de uno más de los infantiles y complacientes tebeos cinematográficos tan propios de la tendencia al autobombo y a la mala fe histórica de aquellas culturas.
El 6 de junio de 1944, los anglosajones desembarcaron en Normandía. Las bajas en la sangrienta Omaha Beach, en buena parte fueron debidas a la increíble torpeza de los aviadores americanos encargados de silenciar las defensas alemanas, aquello a pesar de la tranquilidad que les permitía la aplastante superioridad aérea de que disfrutaban. Las bajas entre americanos, ingleses, canadienses y otros participantes menores fueron inicialmente de 4400 muertos.
Durante aquellos mismos días murieron 13 632 civiles franceses. Casi todas las ciudades de la Baja Normandía quedaron asoladas menos la pintoresca Bayeux. Los ingleses del inoperante y timorato Montgomery permanecieron largo tiempo bloqueados e impotentes frente a Caen, la cuna de Guillermo el Conquistador. Una vez arrasada, total y estúpidamente, la ciudad por la aviación «aliada», los alemanes pudieron atrincherarse en los escombros. En la pequeña ciudad de Saint Lô, 11000 habitantes en 1944, los bombardeos americanos mataron a 1000 civiles, borraron la coqueta localidad del mapa y con ella su catedral gótica, una de las más hermosas de Francia. A pesar de su clara superioridad, numérica, material y aérea ̶ para los nazis la batalla crucial se libraba en Rusia ̶ americanos e ingleses quedaron inmovilizados durante casi mes y medio en el «bocage», aquel frondoso y entonces letal ecosistema de la Baja Normandía. La llamada «batalla de los setos», permitió al temible cañón antitanque alemán de 88mm paralizar el avance anglosajón. A los boys americanos les habían repartido patéticas libretas ̶ nivel, digamos, Schwarzkopf ̶ donde les contaban cómo eran, supuestamente, los franceses y sobre todo las francesas, inevitablemente casquivanas y dispuestas a abrirse de piernas ante los encantos del primer morrosko de Arkansas. Ante la frustrante realidad, las violaciones fueron innumerables. Que resultara posible, por muy ilusoria que fuera, la contraofensiva alemana de las Ardenas, clama al cielo. A lo largo de 1944 y 1945 los americanos perdieron 110 000 hombres en el frente del Oeste, menos del doble de las bajas francesas en los 45 días de 1940.
En los siete años y medio de la primera Guerra de Indochina (diciembre de 1946- julio de 1954) murieron 20685 franceses. Al menos durante aquel primer conflicto, hubo algunos episodios, como el de Dien Bien Phu, quizá propicios, todavía, a cierta aureola romántica y literaria. Durante los diez años de la Segunda Guerra de Vietnam (1955-1975), cuando la jungla vietnamita terminó apestando a after shaving yanqui, los americanos perdieron el mismo número de soldados que los franceses en los 45 días de 1940. Y Dios me perdone por haberme entregado a tan macabra contabilidad. Usted recordará, lo mismo que yo, las grotescas y consternadoras, si no hubiesen sido trágicas, imágenes de la debacle final americana.
A la manera de un Hollywood, siempre capaz de encontrar los medios escénicos susceptibles de mejorar la rentabilidad de sus productos, la nueva debacle americana que acompañó los últimos momentos de la evacuación de Kabul, en 2021, alcanzó tal espectacularidad en las modernas pantallas televisivas que fue capaz de arrancar los más cerriles telespectadores a la modorra cervecera que los tenía clavados en el sofá.
En cuanto a lo que está pasando estos días… Como muchos estoy tetanizado ante la grieta apocalíptica abierta en el horizonte histórico por el energúmeno iletrado de la Casa Blanca y su esperpéntico clan familiar. Estoy anonadado, lo mismo que John Gray, por semejante revelación de la incipiente y definitiva im-potencia americana, inexorablemente puesta en marcha por el sacamuelas de MAGA. Vivo como un escupitajo en plena cara su ignorancia y su traición a los fundamentos de la dignidad y grandeza de la cultura occidental.
La Segunda Guerra Mundial la ganaron los soviéticos: solo podía vencer al totalitarismo nazi un totalitarismo todavía más sistémico y menos respetuoso de la vida humana, el estalinista. En realidad, con los rusos, nunca se acaba de salir ni del totalitarismo ni de la Segunda Guerra Mundial. Aquella devastadora historia zombi, nos la siguen infligiendo ahora mismo en Ucrania.
De modo que tendremos derecho a plantearnos la pregunta: ¿Acaso ganó Estados Unidos alguna guerra en su historia contemporánea? ¡Hombre, sí! ¿Cómo podríamos olvidar la epopeya histórica, la gesta homérica, significada por la victoriosa invasión, en 1983, de la todopoderosa isla de Granada (344 km2; 110 000 habitantes): «Voto a Dios que me espanta esta grandeza / Y que diera un doblón por describilla», dijera Cervantes en su Soneto al túmulo de Felipe II.
Pd. A mí, por cierto, me encanta el acordeón. Uno de los momentos más hermosos de mi anodina existencia ocurrió durante la lluviosa y tan parisina mañana del 6 de diciembre de 2022, en compañía de mi extraordinaria amiga A.C., cuando nuestra emocionada visita a la entonces todavía doliente y mutilada Notre Dame se volvió más conmovedora aún, en medio del Pont au Double, por la bella y desgarradora melodía tocada por un acordeonista.
Jean Juan Palette Cazajús